Las Montaňas Chimgán. Una declaración amorosa


Parece que os conozco toda una eternidad. Y mi amor a vosotros es puro, enorme y triste. Pues, como cualquier amor, si es verdadero. ¿Por qué resulta así? Nadie podría responderlo…

УCada uno, quien ha nacido aquí, tiene en corazón sus únicas Montaňas Chimgán, y los pensamientos sobre ellas son tan recónditos hasta que se oprime el corazón… No es sólo un reconocimiento a Dios por el milagro que le donó a nuestra tierra, a nuestra gente… Sino también es una compresión asombrosa de cómo es inestable esta pequeňa – a medidas del universo – y real – a medidas módicas del hombre – isleta montaňosa de la bondad y la paz, como si fuera un miraje, donde la gente, encontrándose por un instante y separándose por siglos, se lleva consigo unas gran verdades humanas, que siempre existían, pero se hacen una revelación sólo aquí, saliendo al superficie que aparecen en unas sendas de montaňas cubiertas de polvo y unas fuentes cristalinas en pleno calor abrasador de verano, durante difíciles pasos a deseadas cimas, en una inconstancia glaciar de anchos anfiteatros de nieve, en un caos de aludes de las nieves cayendo, en el estrépito de vivas piedras y el colapso de pedriscos y argayos…

Si abrir cualquier mapa de viajero –él hablará sólo a nosotros: para aquellos quien conoce bien y los quiere fielmente a estos lugares. Para los otros el mapa guardará silencio… Pero, ¡es una pena! Ya no podemos esconderlo todo nuestro tesoro tan mucho tiempo, poseyendolo en secreto. Queremos, - no, - ansiamos por compartirlo todo con todo el mundo porque no es posible poseerlo solo…

Las Montaňas Chimgán viven de su vida, permitiéndonos, a la gente, estar un tiempo en su reino alto, de donde nosotros, con alma ya purificada, nos iremos, para regresar de nuevo…

La cima canosa de Gran Chimgán… ¡Vuestra Majestad! Permite tocarles a tus pies de nuevo. Cerca de tí, sentándote con solemnidad en su trono de cielo, siempre bulle una verdadera vida… Tenga la bondad de regalarnos un día más de sol para comunicar contigo. Permítenos vagar por tus magníficas posesiones, donde nosotros, locos, de nuevo nos haremos unos niňos que les admiran, quieren desinteresadamente y valoran tu sabiduría antigua y bondad de la fuerza tuya.

Gulkam… Temblando, tímidamente, como un niňo que se ha encontrado en el Templo por primera vez, nosotros cada vez pisamos por una senda ya conocida desde hace mucho, recodada arriba entre de unos matorrales espinosos y flores silvestres. Podríamos ir con ojos cerrados porque los pies se acuerdan en detalles de cada piedra, cada quebrada, cada despegue brusco. Pero ¿cómo es posible ir sin verlo todo?, de que los ojos no cansarán jamás, que nunca se hará aburrido y monótono. Este silencio de un día tranquilo, este aire acre lleno de un aroma almizclado del espino en la espuma de inflorescencia blanca del cual zumban las abejas de montaňas moreadas de primavera y preocupaciones… Esas velas rosadas de los eremuruses (especie de flores) – signo de que ya ha llegado la primavera, verdor fresco de joven hierba al acompaňamiento de la orquesta de ruidosos saltamontes y cigarras, dirigida por un director invisible en la escena creada por la naturaleza… Y de una lluvia repentina de primavera los contrastes y los aromas sólo se hacen más fuertes… Y después un celeste sin fondo del cielo de Chimgán cae de blancas nubes con un sentimiento alegre de felicidad… Unos granos de mármol del Puerto Pesochniy, una racha fresca del viento, que aspiras a pleno pulmón, y de nuevo este cuadro – cien veces hemos estado aquí y hemos mirado allá, abajo – al desfiladero… ¿Cómo explicar esta metamorfosis eterna que sucede con el desfiladero Gulkam? Nunca es igual… Vamos abajo – y tenemos un mar de alegría, admiración… ¡Tienes ganas de correr a saltos como un niňo! ¡Hola, hola! ¡Estamos aquí de nuevo! ¡Echamos de menos de tí, Gulkam! De tus laberintos de abedul, de tus abrazos amistosos de las rocas grises de cien metros, de unas noches silenciosas a la hoguera bajo de millones de estrellas en un cielo negro de terciopelo… En el mundo hay milagros, eso yo sé exactamente…

Qué sentimiento más mágico se apodera del hombre aquí – un sentimiento de la pacificación, una desolución completa de su “yo” en este mundo tan inmenso y desconocido… Cómo nos atrae ir más y más adelante… Allá, donde vecino a unas sendas andadas en las piedras pardas de los puertos Kumbel y Tajtá bullen las escenas primitivas de caza talladas de una mano desconcodida y hábil… Hay tan mucho – esas figuras pequeňas frágiles de animales y personas. Mil aňos después de cuando todo eso fue en realidad, nosotros estamos en la misma – ya cambiada – tierra y miramos a una vida lejana, desconocida, como si fuera algo sobrenatural. Cuando comprendes que eso fue en realidad, se da vueltas la cabeza…

А¡Y qué románticos nombres se escuchan aquí! Por ejemplo, la Meseta Pulatján. Algo como, conocido a todo el mundo, pero en realidad nadie sabe nada claro. Hasta ahora la meseta está envuelta de muchas leyendas, inventados y verdaderos cuentos. Saber dónde es la verdad y dónde es la fantasía se puede descubrirlo por sí mismo – sólo hay que encontrarse allá, pues no es difícil tampoco. La meseta – ya está cubierta de la nieve, ya está en bruma lígera gris del mediodía soleado, ya está cubierta de una alfombra verde de hierba, ya está en oro de los días otoňales – desde la cima de Gran Chimgán todo eso se ve como en la palma de la mano. La meseta se ve desde el Pico Ojotnichiy también y desde aun más puntos de macizo Chimgán, pero… tampoco deja acercarse demasiado cerca a sus misterios raros, ocultándolos alerta en los fondos de sus cuevas. Y cada vez estando aquí, sólo se aumenta más y más la cantidad de los misterios en las crónicas de Pulatján…

Beldersay… Sólo un lugar especial, fabuloso puede tener un nombre tan bonito… Lo primero, que viene a las mentes, hablando sobre esta frontera natural – por supuesto, sus cuestas cubiertas de los boscajes de junípero… Y un teleférico infinitamente largo, extendido encima de los barrancos rojos del río Beldersay como si se alzara al cielo, y no tiene fin. Y el silencio de altura te ensordece, y tú vuelas entre el cielo y la tierra, y Gran Chimgán abrigado con una pelliza blanca, ya no te parece tan grande… Y justo bajo de tí recodan muchas pistas de esquí, y tú sin querer comienzas a observarles a unos hombrecillos pequeňos que esquían a prisa hacia abajo. Claro, desde lo alto no se ven sus caras, pero estoy segura que están radiantes de felicidad. Aquí en el cielo tampoco es aburrido – en el fondo de las nubes estallará la ala de parapente, y de repente comprenderás, que tienes envidia blanca a que uno puede ver esas queridas montaňas desde la altura increíble como si fuera un pájaro… Cuanto más alto estás tanto más penetrante se hace el silencio, y sólo el viento – un compaňero ubicuo del ala lígera – le golpe a cara, jugando con las cuerdas de parapente como si fueran las de guitarra. La música… La música del silencio y la soledad – ya que tú te estás remontando tán alto… Allá, abajo, justo bajo de los pies – se extendió el río Nurekata que no parece nada pequeňo desde sus orillas. Pero de aquí, desde el cielo vacilante, Nurekata – es como una culebrilla estrecha plateada, encorvada elegantemente entre las cimas blancas que se elevaron a cielos que tienen unos nombres misteriosos de Asia – Imetey, Dzhar, Maygashkán, Tashgaza… Y la culebrilla-Nurekata corre hacia pie de la montaňa Syurenatá, al encuentro de su amigo – el río Aksakatá… Ellos se unirán allá, acumularán las fuerzas para la primavera, y tirarán sus corrientes al valle, derribando las orillas arcillosas… Y tú sigues volando, rozando con los pies las puntas nevadas en las cimas de los despegues rocosos, y decides tú mismo, cómo obrar en este momento, y las águilas te muestran un camino invisible, girando en torno de las corrientes de aire crecientes, e igual como tú, deleitándose de la libertad la que estiman mucho… Sí, todo eso es tan maravilloso y al mismo tiempo es tan sobrereal que parece – que has abierto un trocito del telón misterioso sólo por un instante, por un permiso benevolente de alguien desde arriba, y hay que merecer ese permiso…

¿Y Charvak? Lo llaman raramente el depósito de agua y más frecuentemente lo llaman el mar. Pues, de verdad, es un verdadero mar – es tan grande, no importa de qué parte lo miraras, desde las cimas de Chimgán o desde las alas de parapente que ya “se registraron” en sus orillas, que durante unas horas se mantienen volando encima de una bruma lígera del vasto espacio de Charvak… Y si recorrer Charvak en bicicleta, tardará todo el día – así es inmenso y increíblemente azul “Triángulo Bermudo” de Charvak… Además esto te hace admirar aun más desde el helicóptero, especialmente en invierno, cuando los apasionantes de Heliesquí cada día observan el Mar Charvak desde el cielo, extasiándose de gran tamaňos de su espejo y una hermosura brillante y fantástica…

Chimgán, Chimgán… A tí aspiran nuestras almas… Y quienquiera no hayamos sido, unos románticos o unos andariegos, - todos nosotros somos tus hijos fieles… En junio a tus pies comenzarán a sonar las guitarras de “Eco de Chimgán” – y todo el Chimgán se hace una verdadera música y poema, y se defundirá de un eco la canción sincera por el río Aksay, mezclándose con humos aromáticos de las hogueras, que se hacen por todo el desfiladero, y esfumándose con chispas en el fondo de la oscuridad de medianoche… Y los caballos resistentes de Chimgán, no fiando en los colores raros de la noche de Chimgán, se pegarán de sus costados tibios… Envueltos de una soňoliencia cansada, cambiándose de sus pies bonitos, ellos esperan hasta que la tierra gire de cara al amanecer – han merecido esas horas de un descanso pequeňo.

De nuevo – como durante miles aňos – aquí llegará una maňana transparente… Las Montaňas Chimgán…Parece que os conozco toda una eternidad. Y mi amor a vosotros es puro, enorme y triste. Pues, como cualquier amor, si es verdadero. ¿Por qué resulta así? Nadie podría responderlo…

Mariya Jorosheva

© Este material pertenece a la compaňía "Central Asia Travel».
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